¡Ay, la Cultura!

Los Beatles vienen formando la Banda Sonora Original de mi vida desde que cumplí los 12 años. Soy uno de esos beatlemaníacos que viajan para ver a Paul McCartney donde sea y que tienen la casa llena de material de coleccionismo, parte del cual resulta difícil de mostrar incluso al más comprensible de tus amigos.

Con tales presupuestos, lo esperable en mí hubiera sido una reacción de gozo y alborozo al ver el cartel anunciador de la única corrida que toreará mi admirado genio de la Puebla en Madrid, la denominada como “Corrida de la Cultura“. Pues no, así no. Es más, tenía ya previsto escribir contra la aberración terminológica de semejante enunciado cuando el cartel que recrea la portada del Sgt. Pepper´s ha venido a señalarme cómo plantear la faena. Cuando se observa el cartel, algo chirría. Por mucha que sea nuestra simpatía hacia los Beatles o hacia el propio autor del trabajo, del cual admiro su buen hacer en aras de aunar el mundo de los toros con las aguas del presente.

En 1996, el filósofo español Gustavo Bueno publicó un libro políticamente incorrecto: El mito de la Cultura. En él presentaba la Idea de Cultura como el señuelo más característico de nuestro tiempo, que anestesia y embauca a los ciudadanos en la superestructura del pensamiento políticamente correcto. Denunciaba este mecanismo diseñado por el idealismo alemán para ocupar la misma función que en la Edad Media tenía la Idea de Gracia: lo tocado por ella, lo que es señalado como “cultural”, queda consagrado, ungido y protegido, sin necesidad de mayor argumentación para justificarse que el mero hecho de “ser Cultura”. No en vano, en el medievo era habitual que el mecenazgo de un noble permitiera erigir una Iglesia, como ahora hacen los bancos con los museos. El problema empieza cuando uno pide que le definan qué es “cultural” y qué no. Hay un extraño mecanismo por el cual nadie suele cuestionar que un violín sea Cultura; o que lo sea la melodía que se interpreta con él; o una silla Luis XV. Pero, ¿acaso una silla eléctrica no es también Cultura? Y si no lo es, ¿se atreve alguien a definir las diferencias entre una silla y otra para pertenecer o no la categoría?

El profesor Bueno explicaba que existen dos tipos de mitos: los esclarecedores (como el mito de la caverna de Platón), donde lo que se busca exclusivamente es distinguir y definir de la manera más exhaustiva posible las diferentes partes de la realidad que se abordan en él -en el caso de Platón, definir cuál sea la actitud del hombre libre frente a la del esclavo para alcanzar la verdad-, y los mitos oscurantistas, que, justo al contrario, tienden a confundirlo todo mediante la operación de incluir y mezclar, sin atender a sus diferencias, lo que sea menester en un totum revolutum, un “todo vale”. De esta manera se impide comprender la verdadera naturaleza de aquello que hemos ido metiendo indiscriminadamente en ese pozo sin fondo que cantaba Paul en “I’m fixing a hole”. El mito de la Cultura es oscurantista porque busca un mecanismo protector para aquello que de manera insuficientemente argumentada se decide incluir dentro de su campo.

Según lo dicho, no negaré que una estrategia así pueda resultar tentadora para quien pretenda blindar el mundo de los toros. Probablemente fuera ese planteamiento el que estaba funcionando cuando las figuras del llamado G-10, allá por octubre de 2010, respondieron a la generosa pregunta del entonces Ministro del Interior Alfredo Pérez Rubalcaba (“¿Decidme qué queréis?”) con un sorpresivo: “pasar a depender del Ministerio de Cultura”. Porque si los Toros son Cultura, sólo un demente (un impío) osaría cuestionarlos. El caso es que, tras seis años en dichas manos, no parece que el mecanismo de protección haya servido de mucho, ¿o sí?

¿Dónde está el problema? Desde el mundo del toro se ha venido buscado protección a la sombra de la Cultura, señalando las muchas conexiones entre toreros y todo tipo de artistas. Goya, Picasso, Tapies. Lorca, Hernández, Bergamín. Sabina, Urrutia, Calamaro. Tríadas a miles. Obvio. No podía ser de otra manera. Los toros evocan, concitan, reúnen en torno a sí las sensibilidades de gusto y criterio. Pero desde siempre han sido los pintores, escritores, cantantes, etc., los que se han acercado a los grandes toreros. Fue Chaves Nogales el que buscó a Belmonte, no al revés. La cuestión es, ¿por qué basar esas relaciones entre artistas en la identificación, en la aproximación, en la igualación? Es precisamente en lo que se incurre cuando se busca la protección “a la sombra de Cultura”. Cuando todo se iguala, se mezcla sin diferencia. Lo siento mucho, pero un gran torero no es un artista más.

Volviendo al cartel, lo que chirría, por tanto, es ver a toreros ocupando el mismo lugar que los ídolos de los cuatro miembros de los Beatles (Poe, Wilde, Lewis Carroll, Dylan, Marilyn, Freud o Marx); eran ídolos, sí, pero no toreros. El espacio de la icónica portada de los Beatles quedó asociado a determinado tipo de artistas de la cultura pop. Los grandes toreros están más allá de esa época y de cualquiera otra. Por eso, su representación ha quedado tan ceñida a un género muy concreto, con normas y modelos específicos: el de la fotografía taurina.

Los toros son políticamente incorrectos. Buscar acomodo en la corrección política es una forma de intentar “salvarlos”. Mi problema quizá radique en que no los veo en peligro de extinción. Atacados sí, pero no en peligro. Me sigo viendo en los toros, “when I´m 64”. Mientras tanto, los defenderemos acudiendo a la plaza, como haremos este sábado.

Original de 1967 perteneciente a la Discoteca AsíNo.

Pasé de los cuentos a las cuentas. Como nada de lo humano me es ajeno, una tarde me llevaron al tendido, y ahí sigo.

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1 Response

  1. Jay dice:

    Buen artículo!!

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