A Pamplona hemos de ir

Me subo en el taxi camino de la estación de autobuses de San Sebastián. Voy vestido de blanco, pañuelo y fajín rojo. El taxista, mientras mete mis trastos en el maletero, me pregunta: “¿Qué, a Pamplona?” Le respondo: “No, qué va, a Benidorm”. Media sonrisa, son las 8:11 de la mañana y el hombre solo pretendía empatizar. Pero qué quiere que le haga, caballero, no es culpa mía tener amigos de Bilbao que lo contagian a uno con este tipo de chistes. Porque, he de admitirlo, a los donostiarras no nos da el ingenio para tanto. A cambio, cocinamos mejor; y jugamos mejor al fútbol. Y tenemos Pamplona más cerca.

Pues ni por esas. Habiendo vivido buena parte de mi vida en el marco incomparable, ésta es mi segunda comparecencia en Pamplona. No es fácil de explicar semejante apatía hacia la capital del Toro siendo uno aficionado. Creo que será más fácil intentar explicar por qué voy este año.

Mi primera vez fue hace años, para ver torear a un amigo. Aquello fue llegar, saludar, ir a la Plaza, salir, despedirse y vuelta. Recuerdo no haberme divertido demasiado. Y no por el clásico argumento de la falta de respeto del Sol, de las charangas, de la merienda y todo eso. Este asunto está más que asumido. Aquel viaje iba uno a lo que iba.

Este martes 11 de julio me viene marcado en el calendario desde hace un año. Lo han dispuesto por mí mis amigos. Lo han organizado todo para mí y para ellos. Me han acogido en algo que, ante todo, es un privilegio. Lo explicó hace días a la perfección Bermejo. Este martes 11 de julio en Pamplona no será, por ello, mi segunda vez en San Fermines. Será mi primera vez en una Fiesta cuyo dintorno va más allá de la Plaza de Toros, pero que sin cuya referencia perdería el sentido, la perspectiva, la esencia y la gracia. Hoy, 11 de julio, mis amigos me van a enseñar algo que, precisamente porque para ellos es importante, asumo de antemano que pasará a serlo para mí.

Me subo al autobús. Se canta ya lo de “con dinero y sin dinero…”. Entramos en Navarra por el Leizarán y me empiezan a entrar las prisas para dejar la maleta y encontrarme cuanto antes a la cuadrilla. Nada como esta sensación: a Pamplona hemos de ir, “rodar y rodar”, y dejarse llevar por la amistad.

 

Pasé de los cuentos a las cuentas. Como nada de lo humano me es ajeno, una tarde me llevaron al tendido, y ahí sigo.

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