El último viaje

Un mes han pasado desde la muerte de Iván Fandiño y cuesta aún creer su pérdida. Quizá por eso, al iniciar -como hago hoy- un viaje a una Feria taurina, su imagen se sigue haciendo presente. Cuando este viernes atraviese el patio de cuadrillas de la plaza de toros de Roquetas de Mar, por ejemplo, será inevitable recordar una de mis primeras tardes allí, el 19 de julio de 2014, con él en el cartel junto a Enrique Ponce y El Fandi. Allí estaba, imperturbable, con la mirada perdida en el horizonte, muy concentrado en la corrida. No hubo saludo aquel día. Imponía su seriedad. La misma con la afrontaba cada uno de los ritos de su profesión.

Roquetas es sólo un ejemplo de lo que nos espera a los que coincidimos con Fandiño en tantas plazas. La mía, la anécdota más personal, la que nunca olvidaré y que recuerdo aquí con todo respeto y cariño, siempre estará ligada a Colombia y a las nubes desde las que ahora nos contempla el bravo torero de Orduña.

Viajábamos mi hermano Maxi y yo por tercer año a la Feria de Manizales. Era enero de 2016. En el aeropuerto ‘El Dorado’ de Bogotá, haciendo tiempo para coger otro avión, aparece en entre los viajeros Iván Fandiño, camino de una pastelería. “Vengo a por un dulce para el apoderado”. Nos saludamos cordialmente, como lo hicimos después con el su inseparable Néstor García justo antes del embarque a uno de esos pequeños aparatos Fokker 50 de turbo hélices que dan miedo de sólo mirarlo. Casi zigzagueando entre montañas, nos informan que por inclemencias meteorológicas, el vuelo tiene que ser desviado a la cercana localidad de Pereira.

El contratiempo, en un momento, se soluciona. “Maxi, Lucas, no os preocupéis porque viene una furgoneta a buscarnos desde Manizales. Estamos en el mismo hotel. Os llevamos”. El detalle de Néstor y Fandiño dio paso a una larga espera en la puerta del aeropuerto y a una entretenida charla, repasando la actualidad taurina y recordando otros viajes a Colombia.

Cuando llegó el vehículo, ninguno podíamos imaginar que tardaríamos casi ¡tres horas! en recorrer los apenas 50 kilómetros que separan las dos localidades. Tremendo el trancón. La conversación continuó. Hubo bromas, risas, hasta reparto de chucherías cortesía de Sara, indispensable ayuda junto a su hermana Verónica en cada viaje a aquella bendita ciudad.

De repente, alguien empezó a estar como ausente. Era yo. Un dolor de cabeza insoportable me hizo desconectar de todo. Sólo quería llegar al hotel y tomarme algo que me aliviase. Aquel viaje parecía no tener fin. Fandiño, justo delante, se dio cuenta de mi silencio.

  • “¿Qué te pasa que no hablas?”
  • “Se me ha puesto un dolor de cabeza horrible”

Inmediatamente, se hizo el milagro. Iván sacó un ibuprofeno de su bolsillo y me lo dio. La pastilla milagrosa que alivió mi dolor. Caí dormido. Al despertar, casi a la vez que mis ojos, se abrieron las puertas del furgón y estábamos ya en el Hotel Los Termales del Otoño. Sólo dio tiempo a despedirnos y a desearle suerte para su corrida del día siguiente antes de ir a descansar. “Te debo una”. Y la deuda queda pendiente, torero.

Redactor de El Mundo. De Colmenar y con casta. Aspiro a no tener que borrar con la mano lo que ayer escribí con el codo. Desde aquí se ve todo.

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