La barra, otra sobria escuela de la vida

En esto del toro he escuchado varias veces la siguiente sentencia: “¿qué hay más desagradecido que un torero? Dos toreros”. Cuando daba mis primeros pasos como aficionado no entendía el asunto y, la verdad, a día de hoy sigo sin comprarlo. Puedo aceptar que si se dice será por algo, pero se dicen tantas cosas. Me ha venido a la memoria cuando mi padre retoma una historia que en su día empezó a contarme. Qué difícil es saber escuchar. Aquella vez no presté la atención debida, pero hoy lo he hecho (Trapiello: “se pasa uno durante años desdeñando cosas, cosas que no se conocen. Luego la vida nos las pone delante y resultan ineludibles”).

“En Béjar, el secretario del Ayuntamiento me llamaba Choperita”, me suelta. Situemos el asunto. Mi señor padre nace en una aldea cercana a Béjar y, en cuanto tiene la oportunidad, se escapa a trabajar a lo que en los 60 era una ciudad boyante (“como los de Béjar”). Había dinero allí, con los telares y eso. Entra en El Español, el bar de categoría. Chaquetilla, corbata, modales. La escuela.

“¿Cómo que Choperita?”, le pregunto. En aquella época, raro era el día en que no se dejase caer por aquella barra algún maletilla que andaba de paso por el campo charro, con tanta hambre como esperanza. Mi padre debía de tener cierta predisposición para que en aquellas manos acabase algún bocadillo, un poco de hornazo, lo que fuera menester. De ahí el mote. Hasta que llegó El Chiclanero. El camarero atendió según su costumbre y el torero tomó nota.

“Un momento”, vuelvo a interrumpir. “En esa época no tenías más de 14 o 15 años. ¿De verdad que podías tener ese tipo de consideraciones con un tieso siendo un aprendiz?”. Por supuesto. Aquella escuela era Escuela. Si te ganabas el respeto, te dejaban hacer.

Sigamos. Mi padre (esto lo cuento otro día) se marcha a San Sebastián en cuanto pasa el primer tren, a otra barra. Al poco de llegar, lo llama el deber con la Patria: al Sahara. Tren hasta Cádiz, que es donde todo español se embarca. Acaba de llegar a la milicia y lo envían directo a la bodega: ese viaje movidito, devolviendo hasta la primera papilla. Pues bien, según empieza a cruzar la rampa de acceso al barco, escucha una voz: “¡Gerardo!”. El Chiclanero, veterano, a punto de licenciarse, lo identifica. “Cada vez que recuerdo aquel viaje a Él Aaiún, en el tercer piso, tumbado en una hamaca tomando el sol”. Era todo lo que estaba en las manos del Chiclanero. Todo lo que le podía entregar, se lo entregó. Como en la barra de El Español entre dos aprendices, de torero, de camarero.

Pasé de los cuentos a las cuentas. Como nada de lo humano me es ajeno, una tarde me llevaron al tendido, y ahí sigo.

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