Coge el rifle, Morante

ESCENA I

(Hotel Monasterio de San Miguel. El Puerto de Santa María, Cádiz. Sobre la hora de comer)

-Hoy no se nos escapa ni uno -dice Morante, que no para de bailar espasmódicamente sobre los pies, cuando se cuelga del hombro el rifle que le acaban de entregar en el hall del hotel.

-Pero, ¿seguro que era un rifle? -le insisto horas después tomando café en la terraza de Kapote -antes hubo un ceremonial paso a por el helado de mantecado de Soler- a mi sobrino Jorge, testigo de la escena.

-Sí, seguro. Al principio pensé que podía ser una funda de estoques. Pero no: era una escopeta.

Jorge, atlético y lopezsimonista -no concatenen ambas preferencias-, le pidió una foto al maestro, que accedió encantado.

-¿Qué te ha dicho? -aprieto para recolectar más cosas del ídolo.

-Nada especial.

-Pero ¿no te ha preguntado de dónde eras?

-Sí . Le he contado que venía de Madrid a verlo y me ha dicho que eso estaba muy bien.

Jorge está a unos meses de la mayoría de edad y, como entonces es menor, omito la foto con el maestro. Les comento, en cualquier caso: Morante luce melena brava, sonrisa amable y una camisa arremangada que quizá haga juego con las zapatillas. No me pidan que interprete de qué juego se trata. Comparado con el Lacoste azul de mi sobrino, diríase que el Genio de La Puebla efectivamente es de otro planeta, sólo que se aloja en el hotel de algunos mortales.

ESCENA II

(Real Plaza de Toros de El Puerto. A partir de las 8 de la tarde)

Al maestro le hizo falta el fusil, vaya que si le hizo falta. Con los dos toros. Esas dos ovaciones cerradas, cariñosísimas, podían haber sido dos o tres orejas con el remate de una ejecución letal.

Morante le hizo al primero una faena preciosa. El pase de las flores al paso, la serie inicial de ayudados por bajo sincronizados en su armonía y en su poder, el molinete, el afarolado porque me da la gana.

Cuando enseñaron la tablilla del cuarto con sus 455 kilos hubo hasta carcajadas. La guasa creció, por contraste, con los 580 kilos del sobrero, abrochadito, todo un Hulk de Cuvillo en comparación con la corridita de levante suave. El maestro, con una seriedad y dedicación ejemplares, le metió en la muleta por el lado derecho. Pero, más descreído que Narbona, no le veía la muerte, el toro se engallaba y la cosa se enredó. Como en el primero, entre ese echarse y levantarse que emborrona la distinción.

La escopeta, Morante. No se le habría ido ni una de las merecidas orejas. El próximo domingo, otra vez en la N-340 abandonando Tarifa cuando ya haya aparcado el coche el último de los bañistas.

ESCENA III

(Salón interior del restaurante El Pescaíto. La cena)

-¿Tiene langostinos?

-¿De los pequeños o de los otros?

-Pues tráiganos de los grandes. Y gambas.

-Espérese que no sé si quedan gambas.

El camarero de El Pescaíto se va a confirmar si hay gambas y regresa con un plato de langostinos pequeños.

-¿No le quedan entonces langostinos “de los otros”?

-No.

-¿Y gambas?

-Tampoco.

Preludio un tanto curioso a una gran cena, en la que no sé si los boquerones crujientes, en el punto de gloria, ganaron a la cazuela sabrosa de huevo y chanquetes.

-Pero ¿seguro que no te dijo nada más? -le aprieto a mi sobrino para aquilatar la Escena I.

-¡Ah! ¡Y también estaba Rafael de Paula! -se acuerda.

-¿Y no te hiciste foto con él?

Rafael de Paula. El Puerto, verano de 2017. Pedazo pie de foto. No hubo caso.

Y entonces Gerardo, que fue quien nos llevó a todos a El Pescaíto, se levantó y cogió su fusil. Y no falló.

Doblando el mapa.

Periodista de Elindependiente.com. De abolengo paterno vitista y caminista. Vi la alternativa de Pepe Luis Martín.

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