Del azulejo de Casas a la modernidad

No, el Casas del que voy a hablar no remite a Simón, el empresario de Madrid, sino a Ramón, el genial representante de la moderna pintura catalana. Tampoco se va a tratar aquí de una supuesta nueva polémica, la enésima, propia de estas fechas de Feria isidril, en torno a si no sé quién merece o no un reconocimiento en forma de azulejo en la Plaza de Las Ventas. Que por fin el año pasado se hiciera justicia a la inconmensurable trayectoria de Gregorio Sánchez, con el hasta entonces incompresiblemente olvidado reflejo de la misma en la que fue su Plaza, saciará cualquier pretensión al respecto por mi parte. Por mucho tiempo.

Pese a ello, voy a hablar de un Casas y de un Azulejo, y de toros, pero abandonemos el ruedo y tomemos la línea 2 de metro, desde Las Ventas hasta Banco de España, caminemos por el margen derecho del Paseo de Recoletos, en sentido sur, para detenernos en Caixaforum, subamos a la segunda planta y accedamos a la Exposición “Ramon Casas. La modernidad anhelada”. Empezaremos a ver cuadros de juventud, primeros esbozos de una incipiente técnica que comienza a recorrer el exigente camino hacia lo complejo, hacia lo problemático. La oportunidad de llegar a París en el momento preciso y vivir la eclosión de la pintura en su transformación hacia el icono cultural por antonomasia. Y el de sus aplicaciones y desarrollos mercantiles. Qué hubiera sido de esa modernidad sin ellos. Nada.

Sonrío cuando empiezo a percibir una cierta intencionalidad, que se convertirá en molesta y empalagosa recurrencia, en el hecho de subrayar aquí y allá que Casas quizás se acomodara en su vuelta a Barcelona, dedicando espacio y tiempo a encargos de publicidad en lugar de exponerse al supuesto riesgo, a la supuesta aventura que otros colegas encarnaron lanzándose por los distintos precipicios de los ismos. Bajo la firma de algún académico hemos llegado a leer semejante majadería. Leve arcada.

El caso es que de repente giro a la izquierda para entrar en una nueva sala y me topo con una inesperada obra, por su forma y materia: “Los adelantos del siglo XIX”. En sus 25 azulejos se representan distintos oficios. Me empiezo a fijar y justo a la derecha del que se encuentra en medio, surge un torero, y por si fuera poco, representado en el momento de entrar a matar. Euforia. Razonemos esta alegría.

Ramón Casas decidió seguir el modelo establecido por la particular tradición de las losetas catalanas de oficios, género que alcanzó su cénit en el siglo XVIII pero que se remonta al siglo XII, aunque no siempre recurriendo a la cerámica. Reflejos de esta práctica podemos hallarlos en portadas y frontales de Iglesias, así como en tapices, a lo largo del medievo; en el renacimiento se abandonará el simbolismo para empezar a representar con mayor policromía y naturalismo distintas actividades en su ejercicio: el humanismo soplaba en ese aire. Es interesante observar que en el definitivo siglo XVIII, estas representaciones adquirirán un sesgo folclórico, y no solo en Cataluña, sino que se extenderán por muchas comarcas europeas caracterizadas por conservar un patrimonio cultural que hoy denominamos costumbrista: el tipismo.

Pero Casas no es un costumbrista. Casas es un moderno. Su lectura de la materia (los oficios), bajo la forma de esa tradición (los azulejos), será, por lo tanto, distinta. Y tan distinta: un billar, el ferrocarril, la lotería, una bicicleta, la fotografía, una ducha y un retrete. Y ahí, en esa misma secuencia lógica, mete al torero. Un símbolo más de “cierta modernidad”. Que en la sala siguiente a este azulejo encontremos unos maravillosos vestidos de toreros, a modo de acompañamiento de la cartelería taurina creada por el pintor catalán, inserto todo ello en un nuevo apartado de la Exposición que remite a una supuesta “curiosidad”, un extraño gusto por lo folclórico de Casas, deja, a mi juicio, en muy mal lugar los fundamentos interpretativos de la muestra. El remate lo hallarán en la siguiente sala cuando nos invitan a dejarnos llevar por una lectura negro-legendaria antes de observar los cuadros sobre el garrote vil, algo que reconfortará, sin duda, a determinados espíritus.

Se impone, antes de acabar, un último lance. Volvemos al azulejo, dos salas más atrás. Y apreciando la perfección de la estocada, recordamos que en 1798, Pepe Hillo publica su Tratado de Tauromaquia. Que la primera codificación de las normas para regular la práctica del boxeo es de 1743. Y que el fútbol tardará algo más en hacerlo (1847), pero que su lógica es la misma. Como ha explicado de manera inmejorable Francis Wolff, he aquí el argumento que justifica la vinculación de la Tauromaquia con la era de la modernidad. Por lo pronto y por mi parte, añado a la galería de iconos representativos de dicha lectura, este azulejo de Ramón Casas.

Pd: si no han visto aún la Exposición, corran. Culmina coincidiendo con el final de la Feria. ¡Qué causalidad!

Pasé de los cuentos a las cuentas. Como nada de lo humano me es ajeno, una tarde me llevaron al tendido, y ahí sigo.

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