Doblar el mapa

Al llegar al Puerto he recordado aquella charla que tuvimos con un banderillero en Bilbao. Tras haber actuado esa tarde, nos contaba que salían de viaje de inmediato: “mañana toreamos en Almería”. A lo que Maxi apostilló: “vamos, que a doblar el mapa”.

Uno, que no pasa de ser un privilegiado aficionado, lo ha hecho esta vez en el plazo de una semana y sin tener que ponerse delante. Cuando otras veces lo he hecho sin la mediación de tanto plazo, he pensado que la falta de solución de continuidad era la culpable de no apreciar los tópicos contrastes que caracterizan geografías tan lejanas. “Es la velocidad, que no lo entiendo”, cantaba Rosendo.

Esta vez ha habido pausa suficiente como para apreciar las diferentes humedades que se padecen en el norte y en el sur; lo distinto que saben los vinos de aquí y de allá; la disparidad de los caracteres de las personas; lo sideral de las dimensiones de dos plazas (el Maracaná del Puerto y el Atotxa de Azpeitia). Creo que todo esto estaba ya en mente antes de partir.

Y sin embargo (calla Sabina) me he quedado colgado de una desagradable impresión, de un inesperado lugar común, de una maldita coincidencia: doblas el mapa y ves que dos puntos se juntan de manera siniestra.

Me refiero a la común desaparición de una presencia: la de esa minoría que representa al aficionado cabal y con criterio que se hacía notar lo suficiente en determinados momentos críticos y que siempre ha marcado el carácter de una plaza. Minorías distintas en un lugar y en otro, cada cual con sus premisas (incluso prejuicios) y sus mecanismos de conducta, pero coincidentes en establecer un cierto canon, un timbre, una vara. De eso hablamos con Txomin Rekondo en Igueldo. Aquí, en El Puerto, me gustaría escuchar algo al respecto.

Decía que me he quedado colgado de esta percepción, lo cual no ha impedido volver a reconocer el milagro de Azpeitia o eso tan unico que sólo lo tiene El Puerto (en la tilde, precisamente). Pero ahí estoy, suspendido. Esperemos que hoy me baje a la tierra Morante. Porque hoy, Bermejo, torea Morante en El Puerto.

Pasé de los cuentos a las cuentas. Como nada de lo humano me es ajeno, una tarde me llevaron al tendido, y ahí sigo.

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