El antídoto Talavante

Las crónicas se han entregado a la heroicidad de Ureña ante pastelero, el fiero Victorino evocador de un animal de otra época. Todos los titulares llevan su nombre. Respeto la batalla medieval que mantuvieron –ojalá más de esas-, pero lo que yo me llevé fue a Talavante marcando distancias en una faena de tal belleza que seguiré recordando largo tiempo. Por esos naturales a cámara lenta, por la manera de echar los vuelos, por una naturalidad casi abandonada. También me llenó con el faenón al mayalde que ridículamente no fue premiado con las dos orejas. Y me impresionó con el Cuvillo por su grandeza ante la cornada.

Talavante es el antídoto frente a los toreros futbolistas, esa especie cada vez más abundante de diestros que tras cualquier voltereta convierten el ruedo en un escenario. La honestidad de no mirarse el vestido de torear tras una cornada frente a la cojera forzada y los llantos.

Pero también representa el compromiso de venir a San Isidro cuatro tardes cuando otras figuras se protegen. Y de anunciarse en una de ellas con Victorino. Lo que antes Madrid reconocía como un gesto y que ahora se ‘premia’ con un bufido:  “Talavante pareces un novillero”, le gritaron.

Al integrismo venteño este año le ha dado por arrear al extremeño. Y como Madrid ha perdido el contrapeso de la sombra, cuando se siente el ruido de sables en el 7 es difícil remontar el ambiente. Como si al personal le diera vergüenza gritar un olé ante la amenaza inquisitorial de los de enfrente.

Más allá de los caprichos del ambiente, Talavante es uno de los últimos refugios de un toreo que se nos va, pero que no podemos permitir que se nos vaya.

Me convertí en digital en El Mundo, pero disfruto la vida en analógico. Toros en el campo, la plaza y el plato. No hay tarde mala si la previa es buena.

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