Exilio en Valencia (Variaciones AsíNo)

Cuando comenté que el jueves último de Feria me perdía la de Alcurrucén porque me marchaba a Valencia, algún amigo llegó a pensar que me exiliaba a la tierra de Ponce para preparar, desde trinchera amiga, una especie de respuesta a quienes han criticado la Puerta Grande del de Chiva. ¡Pero si no llegué a pedir ni una sola oreja! Y sin embargo, no cuestiono la salida a hombros.

No necesito, para resolver esta aparente contradicción, rebatir uno a uno lo diversos golpes (no todos ellos de igual nobleza) que se han lanzado contra Cassius Ponce (o mejor, Classius Ponce). La mayoría de ellos caen por su propio peso pluma: que si la plaza de Madrid estaba chocha (¡vaya hombre, precisamente ése día!), que si había no sé cuántos autobuses de Valencia (luego resulta que los había, pero para ver a Varea), que si era viernes, que si mañana llueve.

Dándole vueltas a todo esto mientras subía al AVE, me vino a la memoria aquello que aprendí en la Facultad pero que finalmente comprendí en el tendido: la excepción que confirma la regla. La regla, al no sacar el pañuelo; la excepción, al estrechar la mano que cruzaba el umbral.

Y al pensar en todo esto, otro recuerdo de aquella tarde. Dos personas a las que admiro (una de ellas, un pozo de sabiduría taurina; la otra, un neófito que por ahora calla, ve y escucha) apelando por igual a una misma evidencia: la contundencia de una puesta en escena tan potente, que atrapa en la muñeca del torero al toro y al público. Quizás por esta vía pueda explicarse ese misterio de las excepciones que confirman la regla, en el toro y en el teatro. No lo sé. Por ahora me quedo con el remate que añadió uno de mis contertulios: Ponce es muy grande y hay que defenderlo como a Spielberg.

Total, que no venía yo a Valencia a preparar contra ataque alguno, sino porque me llamaba el deber. Maldito sea el deber, que me ha privado de ese jueves, segunda corrida de Alcurrucén que triunfa, y de qué manera, en esta isidrada. Me consuela el resultado de la tarde. Eso y la escena que presencié en los jardines del Turia: una madre gritándole a su criatura “¡Pedro, así no!”, cuando éste se lanzaba, temerario, por una zona inclinada del parque.

Pd: tengo que reconocer que ha habido una tercera experiencia que me ha reconciliado con la vida. Comer, por fin, en Askua (Carrer de Felip Maria Garín, 4). Conocía Askuabarra, la extensión de este Templo del producto de calidad que la segunda generación ha puesto en circulación en Madrid. Pero faltaba comprender de dónde sale tanto acierto. Sólo podía ser de un señor hostelero, de los que infunden saber, honestidad y pasión: Ricardo Gadea, el padre. Casi lloro cuando le escucho cantar las opciones fuera de carta con su precio. Maravilloso lugar.

Pasé de los cuentos a las cuentas. Como nada de lo humano me es ajeno, una tarde me llevaron al tendido, y ahí sigo.

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