Héroes sin corbata

Aunque cada vez se presten menos a ello, acostumbrados estamos a ver cómo las figuras del toreo recogen distintos premios que instituciones, asociaciones, peñas y empresas otorgan cada año a los triunfadores de un Feria de mayor o menos renombre. Toreros que recogen los frutos de tardes de gloria en galas de lujo que no hacen sino incrementar su prestigio y engrandecer más, si cabe, sus nombres y su fama.

En estos actos sociales de traje y corbata también suele haber ganaderos, pilares imprescindibles de la Fiesta, criadores de bravo y cuidadores a su vez del pulmón verde de España que son las dehesas. Matadores y ganaderos se suelen llevar los honores. Al triunfador de la feria, a la mejor faena, a la mejor estocada, al mejor quite, al toro más bravo, a la mejor corrida…

También se reconoce a los hombres de plata. Picadores y banderilleros recogen al finalizar cada temporada distintos galardones por su buen hacer a las órdenes de sus matadores. Incluso empresarios y periodistas ven premiada su labor. Por la modélica organización de un ciclo o la completa cobertura de los hitos taurinos del año.

Sin embargo, pocas veces se homenajea en estas veladas a quienes, en silencio, constituyen una pieza esencial para que el toro bravo salga a una plaza con toda su integridad. Son los mayorales. Hombres de campo, fieles a los dueños de la ganadería, incansables trabajadores de sol a sol y sin embargo siempre a la sombra. Sin horario, en alerta constante en cuidado del toro.

Pocos mejor que ellos conocen su comportamiento. Con dedicación, con verdadera pasión por una profesión ancestral, el mayoral vive su día a día en la dureza del campo. A 40 grados o a 10 negativos. Bajo el sol o soportando lluvias y heladas. Sin más privilegios que el disfrutar en primera persona la cría de un animal único.

Para los mayorales la gloria sólo llega, muy de vez en cuando, en la propia plaza, ovacionados o a hombros junto a la terna al final del festejo, tras una jornada de nervios a flor de piel. Y ahí se ven extraños. Saludan con timidez. Hasta ahí su momento de gloria, pues para ellos no hay galas de lujo ni trofeos en bronce. Huyen de estas citas. Su felicidad es la que le aporta el deber cumplido.

Por eso, cuando alguien se acuerda de ellos y les honra, es conveniente recordarlo y darle valor. En Roquetas de Mar pasa esto. Cada año, coincidiendo con la Feria de Santa Ana, la Peña Taurina de la localidad organiza una comida en su honor.  En un acto sencillo, los miembros de la institución, con Emilia Vargas al frente como presidenta, se reúnen con los dos mayorales de las ganaderías que lidian en el ciclo simplemente para hablar de toros. Y aprender de ellos. Y agradecerles también, como se lee en las placas que les entregan en recuerdo, “el cuidado y la crianza de la corrida que será lidiada en nuestra plaza”. Todo un detalle.

Este año le tocó el turno a El Pilar y a Hermanos García Jiménez. A Florea Vasile Florentín y a Santos Martín Marcos. Dos héroes que también dan grandeza a la Fiesta. Sin traje ni corbata. Va por ellos.

Redactor de El Mundo. De Colmenar y con casta. Aspiro a no tener que borrar con la mano lo que ayer escribí con el codo. Desde aquí se ve todo.

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