La escuela más sobria

Existen libros definitivos como existen cuadros definitivos. Definitivo no hay nada, salvo la muerte. Pese a ello, y de alguna manera, ciertas obras son percibidas como tales. El filósofo Víctor Gómez Pin publicó La escuela más sobria de la vida, en 2002; el pintor José Villegas compuso La muerte del maestro, a finales del XIX.

Consustancial al mundo del toro, una ética, más estoica que epicúrea. De ahí que uno siempre haya visto en el cuadro de Villegas la recreación ejemplar de la manera de asumir la muerte de un torero. Hay conmoción en los rostros de la cuadrilla que rodea el cuerpo yacente. Pero ante todo hay una contención, sin la cual la torería que todas esas vidas han aspirado a representar se desvanecería. Ninguna concesión al abatimiento o a la aflicción.

El libro de Gómez Pin comienza reflexionando sobre la virtud de la andreia, la hombría (aplicable tanto a hombres como a mujeres; si no fuera así, diríamos “virilidad”). Y recurre a Aristóteles para la definición: “debería atribuirse la hombría al que no es presa del miedo ante la hipótesis de una muerte noble”. No ser presa del miedo implica mantenerse firme: contención. Lo asombroso es que después de una cita tan “definitiva”, el gran Gómez Pin prosiga durante 250 páginas más desentrañando impecablemente el profundo sentido del título del libro: que no conoceremos nunca escuela más sobria de la vida.

Esa sobriedad presidió mi entorno desde que salí ayer de Las Ventas y la noticia de la muerte de Iván Fandiño comenzó a ir de boca a boca. La pude admirar en los aficionados que tenía a mi lado, en los profesionales del toro y de la prensa con los que me crucé, hasta en mensajes de los amigos ajenos al taurineo. Y es ahí, en esa sobriedad, donde se encuentra el consuelo para sobrellevar la fatalidad de lo ocurrido ayer en una plaza de toros de Francia. Porque el consuelo, más allá del sentimiento, adquiere “sentido”. En su quinta acepción, la definitiva.

Pasé de los cuentos a las cuentas. Como nada de lo humano me es ajeno, una tarde me llevaron al tendido, y ahí sigo.

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