La sombra de Morante

Exactamente eso. Es que hasta se respira. La vida sigue virtualmente. No se puede hacer nada, ni escribir una línea, dormir la siesta, sentarse en una terraza sin notarlo. Las madrugadas son un suplicio. De trabajar ni hablamos, claro, la semana está hipotecada, nace moribunda y cae hoy, en sábado. No hay más días. El lunes todavía era ayer. Este zumbido es inexplicable, una quemazón, como cuando colgaba el suspenso antes de llegar a casa, algo pica, pesa un poco. La horrible orilla de la expectativa tiene piedras.

Se nota en las caras del resto, a la librera de la esquina, con esa mueca evidente. Algo inquieta a la señora que pasea por Serrano. Silenciada Malasaña, casi nadie mantiene la mirada. La gente baila en silencio, pensativa. Hay una sombra que acecha. Cuchichean en los bares, las esquinas están desiertas, un rumor colapsa la ciudad: ¡el metro va rápido! La zona cero ampliada a toda la calle Alcalá, quema Manuel Becerra. Las Ventas sale al encuentro, enorme y llana, preparada. Diseñado el día, el escenario, tan lejos de San Isidro, a ver. La primera plaza del mundo. “Un torero único y sin descendencia”. La bomba debe explotar. El tic tac ya ha parado. Esta tarde torea Morante en Madrid.

Estudié derecho pero me pareció lo suficientemente práctico como para dejarlo y empecé a escribir. En realidad pensaba que no se madrugaba. Pierdo el tiempo, llego tarde, escribo en El Español y hablo de toros como excusa para estar tan bien rodeado.

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