La verónica de la calle Feria

En el puesto de Miguel resaltaba la estampa de Rafael el Gallo sentado mirando a la cámara de un estudio. Vestido de luces con el capote de paseo suelto cayendo desde el hombro. La fotografía tenía un color diferente al resto, a lo mejor estropeada por los años, un tono lila que garabateaba sobre la superficie sombreada de blancos y negros. Él sonreía, creo, o al menos tenía una expresión de confianza. Estaba el primero de un manojo apretado con goma elástica. Miguel, el propietario de toda clase de baratijas expuestas, observaba mis movimientos. Llevaba puesta la parte de arriba de un chándal con los que ahora se hace trap, reciclados de los domingos en el Pryca, barba amarillenta, sucia, enredada, gris por algunas partes, vaqueros y gafas. Hablaba con desgana. Arrastrando el acento, haciendo vibrar de más algunas sílabas.

-Lleva montera porque era calvo. El divino calvo lo llamaban.

-¿Qué vale?

-¿Eza? Treinta.

La calle Feria se estrechaba hasta un pasadizo. Desde San Juan de la Palma no intuía lo que me iba a encontrar después. El día estaba encerrado por algunas nubes. Los adoquines reflejaban la baja intensidad de los azules que lograban escapar. Era constante el goteo de gente, repartidos en sus obligaciones, entretenidos en la jaula de la semana, en la mierda de vida que se bebe los findes. Una camioneta de la basura atrancaba la calle. Los peatones la rodeaban, alguna moto, sólo un coche atascado. Dentro, en una segunda profundidad, apareció el primer tenderete. Luego otro, otro y una ristra. Se expandían ocupando cualquier espacio libre levantando el pasillo escaparate a los transeúntes. Levanté la vista y vi la extensión plana y colorida del río de dueños y compradores, vendedores y cotillas, policías y niños.

Pines, películas porno, libros antiguos, juguetes viejos, vinilos, llaveros, camisetas, carteles, muebles. Un retrato de Cristiano Ronaldo cuando aún no se había hecho la boca en un marco dorado. Un impublicable: un cerdo con la camiseta del Barça follándose a otro con la camiseta del Madrid. El coche de rally que no venía en aquel circuito de Playmobil que me trajeron los reyes. Letizia agarrada a Felipe.

Las exposiciones estaban vigiladas sólo por hombres. Algunos tenían un filo de inestabilidad en sus caras, el tono mate de los que se han ido, el brillo de los reinsertados. Gente turbia que ofrecía cosas. Maleantes a punto de estafarte. Señores con tienda de campaña al otro lado. Las vidas paralelas en el borde. Sevilla era un western de chulos, sinvergüenzas, ladronzuelos, artistas del intercambio. Uno murmuraba de un lado para otro. Levantó la biografía de Bill Clinton. Varios libros de la colección Austral se apilaban al lado. “Bill Clinton, que fue presidente de los Estados Unidos”, repitió dos veces con esa cercanía de provincias por cualquier personaje o suceso internacional. Hablaba solo. Imaginé el episodio de Lewinsky como una gota en el volumen. Era difícil estar allí con una mochila en medio de la marejadilla de personas. Los vendedores apenas hablaban. Había un murmullo de voyeurs. Y Rafael Ortega, ahí, mirando.

Debajo de él se sucedían retratos antiguos que no decían nada, imágenes costumbristas de toros en el campo, alguna faena campera y dos o tres instantes en la plaza. No sé qué iba buscando. En el tercer puesto ya me había gastado los cinco euros que llevaba en efectivo, un cómic y un catálogo, impaciente por tener algo en la mano de lo que iba viendo. Pasaba las imágenes recordando algo, pero con nada concreto en mente. En medio del montón lo vi: un torero de espaldas. Pasaba el toro, al que sólo se le apreciaban los cuartos traseros. La conjunción de una verónica antigua y perfecta, el capote de seda, a punto de acabar la acción, ninguna arista, ni movimiento extraño, perfectamente cálida la composición. La superficie en calma del toreo. Sostuve la postal un rato en la mano. Era el paisaje soñado. La madrugada en la terraza de Richelieu hablando de capoteros.

“Vale tres euros”, soltó Miguel, de pie. Estaba un poco nervioso. La guitarra de una sola cuerda hacía equilibrio. Era imposible soltar aquel instante pero no llevaba más dinero suelto. Lo intenté: obviamente no aceptaban tarjetas.

Me autoconvencí de que no la necesitaba, de que era una verónica más de un torero desconocido. Me planteé devolver el catálogo y obtener de vuelta el dinero suficiente para llevármela a Madrid. No fui capaz. Había algo que me arrastraba a intentar comprarlo todo. Me incliné hacia delante, pensativo, la dejé de nuevo en el montón encima de todas, sobre Rafael el Gallo, conformado con fotografiarla para Instagram.

Anduve un rato entre los puestos, hice un par de llamadas, me detuve ante los vinilos modificados con caras de músicos. La quemazón se mantenía. A lo lejos había un cajero. Yendo hacía él pensé que sería mucha casualidad que justo alguien se la llevara en ese lapso. Pasé por detrás de una alfombra llena de adornos, esquivé a una abuela lenta, esperé a que un señor con un carrito acabara de retirar su libreta y volví con el dinero flamante al puesto de Miguel. El olor de los dos billetes nuevos en la cartera.

La fotografía ya no estaba.

-¿Dónde está la foto de la verónica?

-¿La que tenías en la mano?

-Sí.

-Se la acaban de llevar.

-¡No jodas!

-Justo ahora, dos jóvenes. Mexicanas. Creo que ziguen ahí- indicó con el dedo.

Vestida de negro y de espaldas a mí, una joven con el pelo largo examinaba la adquisición, guardaba las postales en un sobre blanco a punto de salir del mercadillo. La interrumpí. “Perdona, acabas de comprar en el puesto ese”, miré de reojo a la mesa de Miguel, “una estampa de una verónica, ¿no?”. Se giró. No llegaba a los 30 años. En un segundo plano estaba una amiga vestida con un jersey beige, consultando el móvil, que inmediatamente levantó la vista. Ella dejó de mirar las fotografías. Tenía carmín en los dientes.

-Sí- respondió, paladeando la sílaba.

-Te la compro por cinco euros.

-Imposible, es para un regalo. Me la llevo a México- se le escurría la entonación. La sacó. Allí estaba aquella verónica sin nombre rodeada de otras fotos menores. Una media en un tentadero de un torero rocinante.

-¿Y diez? Acabo de volver del cajero. Era mía pero no tenía dinero.

-Oh, lo siento. No, no puedo vendértela.

-Venga, por quince. ¿Cómo te llamas?

-No. Ana Lorena- sonrió y lanzó la mano. Te regalo esta.

Ofrecía a aquel torero desgarbado, con la chaquetilla descuajaringada, sin chaleco, y el sombrero mal calado. Firmada por un tal Antonio Benítez. La gente se agolpaba en el callejón. La becerra embestía por dentro. “Vaya”. “Venga”, insistió ella. Acepté.

Con aquella foto mala entre las páginas de uno de los libros volví a recorrer el mercadillo. Pesaba la mochila, las Segarra me hacían daño, sudaba un poco. Recaí en otro puesto donde había estampas taurinas. Me llevé tres casi por inercia. Tenía que arreglarlo. Cogí dos verónicas de frente, una con las manos bajas, otra normal, y una arrucina de Arruza por Finezas nada especial porque en el puesto había otra copia. La Alameda de Hércules estaba vacía.

En la barra del Cairo hice recuento. La camarera no era muy simpática. La verónica de manos bajas era tosca. La otra, un lance corrido. El bar se empezó a llenar. Un grupo de abuelos contaba chistes a mi izquierda y a la derecha una mujer pidió manzanilla y sopa. Me había vuelto a confundir. El salmorejo y la ensaladilla era lo que pediría un guiri. La puerta se abría y cerraba, la corriente era sutil y fastidiosa, iba en manga corta, ninguna de mis estampas tenía sabor. Escuché hablar italiano y me volví. Otro señor vendía moscardones y en Gelves ya no existía el cementerio de toros famosos. Miraba a uno y a otro. Las conversaciones. El runrún de la Navidad. Tuve que pedir la vuelta, que la camarera me dio con desgana.

Al salir, el sobre con todas las imágenes se cayó a un centímetro de un charco, abiertas en abanico rozando el agua estancada. Las recogí aliviado. Ahora me doy cuenta de que era mejor haberlo perdido todo, o recuperarlas del agua, sucias, bañadas en fango, lastimosas, que hubieran eliminado esa pulcritud de copias, y exponerlas así destrozadas, como si las hubiese rescatado de la misma basura del fotógrafo, respondiendo pacientemente años después a por qué no las he tirado. “Es que no sabes”, diría y volvería mis pasos a la Alameda, a la calle Feria, a la mexicana y a San Juan de la Palma. Así queda rebajado, normal. Lo que sea por haber salido de ese equilibrio tan mediocre.

Estudié derecho pero me pareció lo suficientemente práctico como para dejarlo y empecé a escribir. En realidad pensaba que no se madrugaba. Pierdo el tiempo, llego tarde, escribo en El Español y hablo de toros como excusa para estar tan bien rodeado.

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