Pepe Teruel, toreando “solateras” por la calle

La cita era en Atocha. A las 10:50 llegaba el tren que lo traía desde Corella. Aquellos veranos comiendo almendrucos y melocotones robados del árbol, viendo Alien en el cine de verano e intentando arrimarnos a alguna del pueblo. Qué recuerdos. Me dejé la rodilla izquierda en Corella. Llevar una mobylette rural con trece años. Vietnam para un donostiarra.

Un señor, con su porte, un estrechón de manos de esos que, al recibirlos, piensas: “hostia”. Un torero, vaya. Una maleta y una especie de caja: “cómo pesa el baúl, ¿verdad Maxi? Menos dinero llevo de todo: ajos de Corella, unos espárragos como el cerrojo de un penal, aceite de Corella, pimientos de cristal y del piquillo, ¡Corella la bella!, que parece que llevo un muerto en el baúl, y no, no es un muerto, que está vivo aún, cómo pesa…”.

Me siento detrás, como el niño recién comulgado pre-Corella que fui, silencioso, solícito no más. De repente, comienza a brotar de aquella figura que ocupa el asiento de copiloto el torrente de una jerga única, mezcla de habla castiza, achulapada y cheli, pasada por el tamiz de una muy vivida sindéresis taurina. Para quien no lo conozca, no hay mejor presentación del personaje que la que hizo Zabala de la Serna en El último castizo. Al parecer, esta pieza (una de esas que convence al lector no aficionado de que detrás de este crítico hay un escritor) contenía alguna errata: “nuestro genial y querido amigo, aquí el pluuuumiyeas, se equivocó, que la cigarrera no era mi madre, sino mi abuela y mi bisabuela”. En la fábrica de Tabacos de Embajadores 53. “De Embajadores somos, pero no de la calle, que vivíamos en la calle Ventorrilo, entre Huerta del Bayo y Mira el Sol”. Hoy, en Ventorrillo, puedes comprar cápsulas de café ético, compatibles con Nespresso. Cien por cien biodegradable. Chachi piruli. Como para pedirles un trifásico (café con leche y coñac).

Siempre me han fascinado las jergas de Madrid. Desde la que chanaban aquellos quinquis que me descubrieron Aluche, Chueca y Malasaña recién llegado en 1992 (aquel Richi presentándose: “curro haciendo piños de coña, tronco”) a la que chanela José Luis Teruel Peñalver. Porque no son lo mismo. Al llegar a casa he recuperado de la biblioteca el Diccionario Cheli de Umbral (una umbralada nada provechosa para estos menesteres) y el Tocho Cheli de Ramoncín (que sí ha demostrado su utilidad). Volvamos al coche. Una llamada de teléfono: “nada, tú cualquier duda que tengas me naqueras y yo te bisolo (…). ¿Tienes el canuto de Agustín? Pues nada, yo te paso el canuto y me chanelas”. Más tarde, otra llamada: “No fui, me najé, me da jindoi, que no veo ya por la noche”. Ramoncín te lo aclara todo menos lo de biselar. Ni Google ni hostias.

Se empieza a hablar de toros. “Tengo el lujo de haber oído, que no hablar, nada de hablar, mejor oír hablar de toros que hablar; he oído hablar de toros a Domingo Ortega”. Lo de hablar de toros hay que dejarlo, dice, para las ocasiones. Cuando alguno de nosotros dice algo que comparte suelta un “¡chapó pa tu mei!” que suena a ovación cerrada en plaza de primera, música celestial. Y cuando su discurso alcanza alguna verdad (y no fueron pocas), la cosa acaba con un “¡y puntocom!”, lo que demuestra que esa jerga aún respira del presente. Como cuando dice: “Hay que hablar sin complejos, por inquietud, por buscar los matices. ¿Qué me hizo inquieto? Querer saber del bufae”.

La necesidad de la tertulia, por tanto. Su sentido al salir de la plaza. Para buscar el matiz. Salvo cuando ves algo tan definitivo que te quedas mudo, le digo, ¿no? “Ahí, ésa es la chachi, ésa es la chachi. Yo, con ese Luis Alfonso Garcés, me tiré, te lo juro, me tiré tres días andando de la Plaza toros de Las Ventas hasta Embajadores, ¡hasta Embajadores!, toreando solateras por la calle, y si me veía la gente, me escondía en una sombra. «Hijo de la gran Puta, Garcés, cómo lo ha entendido», me decía, «esa es la perfección». ¿Qué es la perfección? Entender a un toro. El último pase, entrar a matar… y se la ha metido por el hoyo de la agujas. ¡Óle! ¡Óle!”.

 

Pasé de los cuentos a las cuentas. Como nada de lo humano me es ajeno, una tarde me llevaron al tendido, y ahí sigo.

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