Todo esto es un poco raro, ¿no?

Ni bizarro, ni extraño. Tampoco diremos “insólito” porque vaya Usted a saber si algo semejante está sucediendo ahora mismo en Almendralejo, por ejemplo, aunque lo dudo. Por eso lo dejaremos en “raro”. Vamos a ver: congregar en un fin de semana, como fueron capaces de hacer el año pasado estos cinco artistas, a más de setecientas personas en torno a un festival taurino es muy raro. Más aún cuando la gran mayoría rondaba una media de edad inferior a la treintena. ¿No se supone que estamos en la era del #estoseacaba? ¿No se supone que la gente siempre tiene los fines de semana ocupados?

Otro indicador en favor de mi tesis: organizarlo en La Carlota. Que levanten la mano los que no tuvieron que buscarlo en Google. Es verdad que, al contarte este plan, primero te mientan Córdoba y te vienen a la cabeza la Mezquita-Catedral, Manolete y aquel salmorejo que te tomaste la primera vez. Ya han ganado tu atención, y cierta predisposición. Pero van a acabar soltando lo de “La Carlota”. Lo que pasa es para entonces ya te han hecho el lío. “La Carlota, jajaja, qué simpático”. Pero sigue siendo raro: La Carlota no tiene estación.

Qué decir de lo de ser capaces de juntar a tomasistas con poncistas, sevillistas con béticos, gente suficiente como para reproducir un clásico en las gradas, estudiantes de ciencias y de letras, personas de los diversos credos (nos faltó un moro para reproducir el mito de las tres religiones, porque yo aporté un judío). ¿Y lo de la meteorología? Alguien dio el dato: en Córdoba llueve tres (¿cuatro?) veces al año. Y le creí. Como cuando de pequeño me tragué lo del diluvio universal. Bueno pues va a resultar que, de ambas leyendas, la del diluvio es la verdadera. En mi vida vi llover de esa manera. Y uno es de San Sebastián.

Tengo una foto del tendido. Una foto que hice al azar, mientras se toreaba en el ruedo. Si uno la analiza se percatará de que, entre el público, se puede identificar perfectamente a un doble de Juan Diego Madueño. Esta sí que es buena. En el cine se recurre al doble para que ruede las escenas de peligro, mientras que la estrella se queda en el camerino repasando las líneas de la siguiente escena. ¡Pues aquí al revés! El Juan Diego verdadero estaba en el ruedo, jugándose el tipo con la silla sobre el lodazal, ¡y había contratado a un doble para proyectar su Ego sobre los mortales! Sinceramente, después de aquello, pocas sorpresas cabe pedirle a esta nueva edición por la parte taurina. Por eso, me he decido a venir, por segundo año consecutivo, con el único propósito de dar respuesta a esta inquietud mía: ¿cómo es posible semejante fenómeno? ¿A qué obedece?

Durante la jornada pienso sacar al periodista de raza que hay en mí, escondido en una cueva en cuya entrada se lee “En beneficio de todos”, y me lanzaré a realizar una encuesta entre los asistentes. Primera pregunta: ¿Qué es lo que le ha traído aquí (si ésta es su segunda comparecencia, amplíe la respuesta a los motivos que obraron en el pasado año). Segunda pregunta: ¿Desde que tomó la decisión de acudir hasta hoy, ha llegado a replantearse su presencia? Tercera pregunta: ¿Qué espera de un día como éste? Desde estas líneas pido colaboración. Ser parte integrante de un fenómeno que será estudiado en las Facultades de Humanidades en el futuro está muy bien, pero, debemos a aspirar a más: ser capaces de dar razón de ello. Quizás así podamos aproximarnos, aunque sea someramente, a la condición de los cinco artistas que volverán a concitar nuestra atención y nuestra admiración.

 

Pasé de los cuentos a las cuentas. Como nada de lo humano me es ajeno, una tarde me llevaron al tendido, y ahí sigo.

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