Silencio

Llevamos tiempo callados, sin publicar nada aquí. Hablábamos tan solo en nuestras tertulias. En las dos últimas semanas, cuando coincidíamos los miembros de este grupo, hemos acabado haciendo alguna referencia a ese silencio. Por fin ayer, en un encuentro no tan fortuito, en Richelieu (por supuesto), nos percatarnos de cuál ha podido ser la razón de esa conducta: la muerte de un torero. No es que no se nos hubiera ocurrido antes, es que para comprender el alcance profundo que pueda esconderse detrás de eso, es necesario que pase un cierto tiempo y que, durante el mismo, pase algo: el silencio.

El luto se articula, se organiza, siempre. Hasta el punto de que no es que ocurra sólo en las sociedades civilizadas, ocurre hasta en las “bárbaras”. En forma de ceremonia. Con unas normas, un protocolo. Para estas cosas, nadie ha superado a la Iglesia católica (lo dice un ateo). Los toros tienen un innegable sustrato esencial de carácter religioso. Sin embargo, no ha acabado de articular nada parecido a un protocolo que resuelva una situación tan extrema, tan radical, como la muerte. El funeral en la Iglesia lo tiene todo, lo resuelve de manera impecable. La asunción de la muerte de un torero es, siempre, una historia que empieza a escribirse… y ya veremos cómo se desarrolla y acaba. Se parece más a una novela que a otra cosa. Y eso le da aún si cabe mayor gloria, por la incertidumbre que conduce a alguna verdad.

Ayer, decía, el que más sabe de nosotros, de esto “y de lo otro”, enfocó el asunto en el espejo en el que los aficionados debemos mirarnos siempre: el de los toreros. Recordó la anécdota (perdón, “la categoría”) que sucedió en la muerte del Yiyo: aquella noche hablaron entre sí varias figuras, y alguien sugirió que al día siguiente no se debía torear. En ese momento, se elevó una voz sobre las demás, la de Antoñete: “No, mañana se torea”. Pues eso, desde nuestra condición no hemos demostrado ser capaces de “torear” al día siguiente (para eso, quizás, haya que “ser torero”). Pero vamos a intentar estar a la altura de las circunstancias para que aquello en lo que Fandiño dejó su vida, prevalezca. Se acabó el silencio, sigamos.

 

Pasé de los cuentos a las cuentas. Como nada de lo humano me es ajeno, una tarde me llevaron al tendido, y ahí sigo.

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