Viaje en autobús, con Barquerito

Allá iba yo, “dispuesto a lanzarme al proceloso negocio del autobús”. Primera tarde de la Feria y torea Morante en Illumbe. El endiablado acceso a esta Plaza sin alma, situada exactamente donde San Sebastián (el santo) perdió la memoria y un mechero que no entraba en la oración, convierte la aventura del desplazamiento en algo a resolver en transporte público. Me acerco a la parada del Codina, para evitar la sorpresa de un autobús lleno a su paso por mi casa, y al situarme en la cola, ¿quién “me va a dar la vez”? Don Ignacio Álvarez Vara, nada más y nada menos, acompañado, como acostumbro a topármelo siempre, por su inseparable autoridad.

Lo había saludado varias veces en distintas plazas, pero sin abandonar por mi parte la discreta condición de mero testigo, siempre con la intercesión de un tercero que ejercía de verdadero conocido o de amigo suyo. En muchas ocasiones me lo he encontrado (recuerdo especialmente aquella vez en el mercadillo de San Bernardo) mientras cumplíamos cada uno algo que creo que compartimos, ejercer nuestras respectivas soledades, pero jamás me había atrevido a cruzar ese río que tanto respeto me impone y que se llama precisamente así, Respeto. Lo escuchado sobre Barquerito a los amigos comunes lo habían situado en lo más alto de mi particular altar de venerados escritores de toros (y de todo), de manera que me comportaba ante él como se hace en estos casos: manteniendo las distancias que deben mediar entre quien ejerce la admiración y lo admirado. Y ello pese a que Maxi, Fernando y, sobre todo, Tano, me habían animado mil y una veces: “¡pero bueno, si te lo encuentras, salúdalo, hombre!”

Lo que me ha permitido esta vez superar mi natural timidez ha debido de ser el hecho de jugar en casa. Y la inmediata, natural, espontánea y auténtica disposición para simpatizar de este hombre que emana bondad y sapiencia a partes iguales. “Estoy hospedado por primera vez en El Codina, hasta ahora siempre iba a un piso que alquilaba en Miqueletes”. Coño, mi calle, ahí vivo yo.

A partir de de ese primer paso para por fin cruzar el puente, la conversación ha discurrido como discurren esas charlas que deseas que no acaben nunca. En los veinte minutos que dura el trayecto hemos empezado hablando de toros para acabar hablando de todo. Con quien sabe, de toros y de todo. Porque gracias a un amigo común sé que, tras la firma de este el cronista taurino de referencia, se encuentra un pozo de sabiduría y de experiencias que transcienden la plaza de toros y nos llevan a la plaza mayor, por la que siempre se empieza a urbanizar, a civilizar.

Este viaje en autobús con Barquerito, y sobre todo lo conversado durante el mismo, me ha recordado la cita de Pla en el libro que estoy citando sin citar:

“Hay razones, me parece, para quedar perplejo. El mundo de hoy es un mundo dominado por la perplejidad. Sin embargo, algo se ha ganado. Las ilusiones se han desvanecido”.

Mañana corro a la misma hora a la misma cola del autobús. Ojalá me lo encuentre de nuevo, ojalá lo vuelva a saludar.

Pasé de los cuentos a las cuentas. Como nada de lo humano me es ajeno, una tarde me llevaron al tendido, y ahí sigo.

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